A veces las personas aparecen en nuestras vidas no para quedarse, si no para recordarnos esas cosas tan bellas que hace tiempo olvidamos. Como por ejemplo, vivir. Nos olvidamos de vivir y sí, sonará a ironía pero es cierto. Nos pasamos toda la vida buscando lograr objetivos que finalmente se desvanecerán de nuestras manos, buscamos un amor que tarde o temprano marchitará y creemos hallar la felicidad con ello. Sin embargo, olvidamos vivir.
Se nos olvida disfrutar del presente, nos olvidamos del carpe diem, nos olvidamos de apreciar el hoy y el momento y a cada persona que forma parte de ello, porque mañana quizás nos levantemos y dos personas del ayer ya no están.
Entonces surgen esas personas temporales, esos versos inacabados de nuestro poema, para recordarnos que hay que vivir, que la vida es bella, que el dolor te mantiene alerta pero el miedo te hace olvidar las mejores razones que tenías para sacar de nuevo esas fuerzas y vivir intensamente otro día. Puede que no volvamos a ver a esos versos inacabados o que tan solo formen parte de borradores que con el tiempo se quedarán guardados en un rincón, pero ya han sido parte de nuestra memoria, parte de nosotros y , aunque ya no estén, gracias a su corta presencia volvemos a apreciar el brillo de la vida.

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