viernes, 2 de enero de 2015

Me gusta el olor del café a cualquier hora del día, la sensación del agua caliente al meterme en la ducha en un día de invierno frío, escuchar la lluvia caer antes de dormirme. Me gusta ver a los míos felices, ver cómo no pueden dejar de sonreír y lo felices que se sienten por algo o alguien, me gusta ver a mi abuelo y ver lo contento que se pone los pocos días que estoy con él, cómo me cuida y como se preocupa cada segundo del día por mí. Me gusta ver todo lo que he logrado ser a lo largo de tantos años, ver cómo he madurado, he crecido, he logrado ser todo lo que soy hoy en día; la cara de sorpresa que se les pone a todos los que me llegan a conocer y ver cómo me dicen que soy distinta a los demás chinos, ver lo agradecidos que están por lo que digo o hago. Me gusta ver atardecer, subirme a azoteas, es más, quisiera alquilar una azotea algún día, aunque sea por una noche y rodearme de buena gente y ver amanecer. También me gusta ver mi capacidad de afrontar las cosas, ver cómo soy capaz de decir no y lograrlo, mi forma de ver las cosas, de ver que la realidad es así y de tener las cosas claras. Pero me he dado cuenta de que sigo teniendo mi parte ñoña de 1º de la eso, de que por muy fría que me haya vuelto en cuanto a querer a alguien sigo creyendo en que las cosas algún día mejorarán y que se puede seguir creyendo en las personas, que no todos van a coger un puñal y clavártelo en cuanto te gires. Y, sobretodo, me gusta la gente que no hacen promesas. ¿Por qué prometer cuando se van a romper las promesas? Supongo que los filósofos tenían razón al decir que solo lo compuesto se descompone. Y quizás esa sea el motivo por la que las cosas acaban. Porque prometemos tantas cosas que al decirlas en voz alto parece que ya lo hemos cumplido, que 'ya da igual', cuando en realidad finalmente acabaremos rompiendo las promesas. Por eso me gusta la gente que no promete, que no te promete el cielo ni la luna, que no te promete que van a estar siempre a tu lado, en tus caídas, en tus metas, en tus errores y en tus victorias, aquellos que no te dicen que jamás te fallarán, que siempre tendrás un hombro en el que llorar. Supongo que hablar ahora con Marina me ha hecho ver esto último, que de todos aquellos que me dijeron que siempre, que gracias que nunca me van a fallar, ya no están, y la única persona que nunca me prometió nada es quien más está hoy en día conmigo. Y quizás sea verdad que la vida no consiste en llegar a la meta final, sino en disfrutar el camino con quienes tienes.



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