No sé si es el cansancio, las desganas, todo el estrés que te deja segundo en el cuerpo, o yo, pero cuando me ha dicho María que si nos vamos a donde sea, no me hubiese importado dejar todo de lado para irme.
Muchas veces decimos que todo cambia, que todos cambian, cuando en realidad los que hemos cambiado somos nosotros. Ya no consentimos más que nos mientan, que nos decepcionen, ya no aguantamos más estupideces, afrontamos la vida, la realidad y seguimos hacia delante. Convirtiéndonos en auténticos monstruos, quizás eso es lo que llaman madurez. Aprender a asumir que , es verdad, las cosas son como son, ni como nos gustaría que fuesen ni como deberían ser. Vemos cómo de hipócritas nos hemos vuelto, cómo de interesados hemos terminado siendo, cómo nos han corrompido todo y todos. Ya no queda más paciencia, más aguante, ya soltamos todo, sin importarnos las consecuencias, el escozor de las heridas, es más, la aguantamos y seguimos. Ya da igual quien nos decepcione porque van a acabar decepcionandonos todos, incluso nosotros decepcionaremos. No más días de irse a la cama imaginándonos un futuro mejor, no más veces de creer que nos ha de pasar las cosas buenas. Aceptamos que demasiadas coincidencias es signo de que es imposible que sea cierto, aceptamos que nadie va a dar lo mismo que tú das y que nadie se va a preocupar ni la mitad de lo que tu haces, somos conscientes de que todos nos van a utilizar, queriendo o no, y es una pena ver que nos hemos escondido tras una coraza de acero para que no nos hagan más daño. Supongo que la monotonía y la soledad no es tan mala.
No hay comentarios:
Publicar un comentario