¿Entonces qué? Entonces, surge la decepción. Nos decepcionan aquellos que un día juraron para siempres, nos decepcionan sus acciones, sus consecuencias, cuando en realidad solo nos estamos decepcionando nosotros a nosotros mismos. Porque también somos culpables de su olvido, de haber caído en el olvido de aquel con el que compartíamos tanto y necesitabamos tan poco para ser felices. Nos decepcionamos al ver cómo hemos fallado a personas alucinantes, nos decepcionamos al vernos fallando una vez más sin haber podido surcar la distancia.
Y caemos. Y entonces caemos en el olvido. Como si nada hubiese pasado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario