Con la segunda lección con la que me quedo es la de sudar del mundo, de los problemas de los otros y centrarse en uno mismo. A lo que añado aquello que me enseñó una chica con sombrero blanco: vive, vive como si no hubiese otra mañana en la que despertar, vive, porque la vida es bella. Y es cierto, es cierto que hemos olvidado vivir y disfrutar de cada momento dejándonos llevar por problemas secundarios y terciarios, alejandrinos de nuestro objetivo de ser felices.
Por eso me encanta el verano. Porque en verano es un sudar completamente de los problemas de uno, porque es en verano cuando disfruto de cada minuto del día, cuando la gente que realmente me quiere se preocupa de mí aun estando en sitios distintos y a horarios distintos, contándome sus problemas y yo a ellos los míos como si la distancia no existiese. Y sí, quizás sea una cobarde por gustarme viajar y alejarme de todos los problemas, pero es que los problemas son aquellos que nos ahogan.
Llega un momento en el que ya no lloro por las pérdidas porque sé quien soy, sé que sé cuidar muy bien de los míos, pero también sé que soy temporal. Que no soy alguien capaz de quedarme durante años y años junto a la gente y eso es un defecto, pero es lo que soy. Y me gusta ver como aquellos de los que hace meses que no sé nada vuelven a mí, bueno, volvemos los dos, a esos tiempos en los que nada cambiaba, que aun cambiando, juntos seguimos siendo los mismos.
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